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| 9. Mi Entronización (La meta final) |
El día que la Nación Supranacional será edificada sobre el fundamento de los Apóstoles
1. El Hombre Resucitado será consagrado como nuevo Pastor Universal por Pedro. En
ese día se cumplirá todas las Escrituras, cuando nuestra nueva Nación
sea cimentada sobre los Apóstoles, y cuya piedra angular seremos
nosotros el Mesías total (Efe. 2, 19-22). Será en la Ciudad del Vaticano culminará
nuestra Marcha para edificar nuestra Iglesia sobre Pedro (Mat. 16:18), que será
la monarquía del pueblo que vamos a reemplazar a la monarquía papal (Deut. 17:14; 1 Sam. 8:4,5).
En
aquél día, Pedro aún seguirá siendo el Jefe de Estado de la Ciudad del
Vaticano pero hará sus últimas actividades, estarán allí el Episcopado
en pleno, y a todos los gobernantes de las Naciones Unidas para estar
presente en la inauguración de la Nueva Monarquía: será la última
ceremonia, donde se producirá el cambio del cabeza papal al cabeza que
es el Cristo (1 Sam. 11:14,15). Será el fin de la misión del Obispo de Roma como
Pedro y el Nacimiento de Cristo, el Hombre Nuevo y verdadero Pedro en
gloria y majestad.
Será Pedro en el nombre del Cuerpo Episcopal, quien después de haber proclamado
oficialmente al Hombre Resucitado, tendrá que coronar al cabeza
mesiánico que es el pueblo por medio de mí, su voz oficial, su
representante o la voz del pueblo. Esta unción de parte de él como jefe
de la Iglesia en misterio al jefe de la nueva Iglesia, significará
traspasarnos los mismos títulos que ostenta aquél, como Padre de reyes,
Gobernador del mundo, Vicario de Cristo. Sacará su anillo de pescador y
colocará en mi dedo, me pondrá la cruz pectoral sobre mi cuello, y su
investidura fina en mí (Gén. 41:42; Dan 2:48; 5:29.), símbolos propios de la autoridad humana, y
me hará sentar en ese trono que está en la Ciudad del Vaticano, ante la
presencia de todo mi nuevo pueblo de Israel espiritual. Así será el Rey
heredero con todo su ejército victorioso, su Cuerpo social, un único
Hombre que llegará al Templo para ser coronado como el nuevo Sumo
Pontífice y sentarse en ese trono que le pertenece (Mat. 25:31).
El
ungimiento como Cabeza de mi nueva Iglesia, la cual será mi Cuerpo
social, completamente construido (Efe. 1:22,23). Para que en todo tenga en mí que
es el pueblo la primacía (Col.1:18). Será el Sumo Pontífice saliente quien me
consagrará como nuevo Sumo Pontífice (1 Sam. 10:1). En este acto, seré coronado,
en sentido teológico, como Rey, Sacerdote y Profeta. De esta manera,
encarnará mi misión y mi autoridad universal, para gobernar sobre los
Apóstoles y las Naciones Unidas, conforme a los mandatos de aquél
Concilio (Deu. 17:14-20). En ese entonces, seré consagrado como el verdadero San
Pedro, que obtendré los títulos propios de Jefe de la Humanidad, Pastor
Universal. Los títulos de San Pedro hasta entonces vacío y en misterio
serán definitivamente llenados. La marcha de toda la historia humana
culminará en mi entronización, la meta final del ser humano (Efe. 1:10; Col. 1:16,18; 3:11).
Una
vez terminada esta Ceremonia de mi Entronización, Unción-Elección, el
Obispo de Roma, ya no será más Pedro, abandonará todas sus funciones y
será cambiado de residencia, se irá a su respectiva Diócesis, para
retomar su función de Obispo de Roma. Él se sentará como todos los
demás obispos allí presente en ese día. El abandono de la Santa Sede
del Obispo de Roma será señal de que todos los misterios de la Iglesia
se habrán realizado y cumplido definitivamente, y el fin del mundo.
2. Las instituciones globales y nosotros el pueblo, un solo Hombre Coronado. Todos
los títulos y funciones que recibiré de Pedro en aquél día, no serán
solo para mí, sino que también para todos mis miembros sociales, que
serán todas las instituciones globales que existen, como la verdadera
diversidad de dones y carismas, a través de sus principales dirigentes.
Por ejemplo, al ser consagrado como Pastor Universal, haré fluir este
título a todos los miembros de mi Cuerpo, porque serán posesión de la
Cabeza (Apo. 1:6; 5:10). Es decir, al ser coronado como cabeza que es el pueblo
como Rey, Sacerdote y Profeta, coronaré a mis miembros de mayor a menor
grado, como reyes, sacerdotes y profetas (Apo. 17:14; 19:16). Primero a los miembros
superiores que serán los Apóstoles, después a los miembros inferiores
que serán las Naciones Unidas, según el orden hasta a los más bajo de
la sociedad (Sal. 133:2). Como afirma San Agustín: “No ha sido únicamente
nuestra Cabeza la que fue ungida, sino también nosotros su Cuerpo”
(Salm 26). Que como Cabeza iluminará a todos sus miembros, los cuales
serán la lámpara (Apo. 21:23).
Y lo haré sentar en sus respectivos
tronos de autoridad, llegando a ser uno en mí, porque ellos tendrán mis
mismos privilegios, porque es imposible sentarse en ese trono que está
en la Santa Sede solamente el Cabeza sin sus miembros que es el Cuerpo,
por eso lo haré sentar conmigo todo mi Cuerpo social, como Hombre
completo (Efe. 2:6). Yo como Cabeza que es el pueblo y todas las
instituciones globales apostólico y nacionales como mi Cuerpo no habrá
más que un solo Sumo Pontífice (Heb. 4:14; Mat. 19:28). Este Jesús será el Hombre entero,
cabeza y miembros, no habrá más que un sólo Monarca, un único Ungido
por derecho de conquista. El nuevo Pedro no solo será el pueblo y
cabeza sino que también todos sus miembros institucionales, será el
hombre entero que tendrá la investidura blanca, un único San Pedro
(1 Ped. 2:4,5). La unión suprema será sellada, quedando definitivamente consumada
como Hombre Celestial mencionado por las Escrituras. El Reino de los
cielos estará completamente consolidado, consumado con nuestra entronización.
3. La institución de la nueva Nación Supranacional Sentado
en mi trono glorioso de San Pedro, como cabeza de la humanidad con los
mismos títulos, las mismas funciones de Sumo Pontífice, del
desaparecido Papado, para fundar mi nueva Iglesia sobre el fundamento
de los Apóstoles, según como se describa el estatuto religioso y
político, que representará la carta magna de este nuevo Templo de
Jerusalén celestial que será inaugurada. Para ese entonces, la muerte
ya estará destruida y se comenzará hacer nuevas todas las cosas (Apo. 21:4-5.).
Estableceré
mi nueva Iglesia en la Santa Sede, con los Apóstoles como mis
autoridades superiores, y a los jefes de Estados y de Gobiernos de las
Naciones Unidas, como mis autoridades inferiores, y a todos los demás
miembros especializados diversos de mi Cuerpo social en grados menores.
Pondré a la Ciudad del Vaticano como la Capital de todos los Estados
nacionales, y estos serán convertidos en provincias. El Cuerpo
Episcopal, como los Doce Apóstoles gobernará conmigo como los Pastores
sobre las Naciones Unidas (Mat. 19:27-29; Rev. 3:21). Será establecido el único País formado
de toda la tierra, divino y humano, los Apóstoles y las Naciones Unidas
junto a su cabeza. Quedará establecida la Nación Universal, grande,
poderosa y numerosa, como Pueblo sabio y entendido sobre el fundamento
de los Apóstoles en la ciudad del Vaticano. Será la Patria Celestial
consumada.
Los mandatos de aquél Concilio será la regla
universal de la vida humana, que incluye los mandatos universales de
las Naciones Unidas, ambos eclesiástico y político. Quedando sellada
esta obra maestra de la Humanidad con la unión definitiva de los
miembros conmigo y entre sí (Efe. 4:13).
Se comenzará formalmente
nuestro reinado sobre la nueva Iglesia Católica que subsistirá a la
antigua Iglesia Católica del Papa (Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 8.2).
Será la Iglesia reconstruida o restaurada con justicia de la antigua
Iglesia ritual pero sin justicia (Jua. 18:36; Hec. 1:6; 2 Ped. 3:13),
levantada de sus ruinas (Amó. 9:11,12), de sus tumbas (Eze. 37:12).
Con nuestra soberana autoridad
sobre las instituciones que estarán sujetas a mi
dominio, como mi posesión (Dan 7:27). Quedará afianzada la unidad de
las Naciones
y estos a sus nuevos pastores. Esta será la venida de manera gloriosa
del
mismo Mesías (Hec. 1:11), que sacó al mundo de la injusticia para construir la
Nación definitiva (Lev. 25:38).
Con la fundación de nuestra definitiva
Iglesia en la Ciudad del Vaticano significará el fin del mundo, porque
será allí completaremos finalmente las cuatro etapas históricas, el tiempo Precursor, la Pasión, Muerte y Resurrección del
Mesías (Apo. 21:1-4). También sellaremos la separación de la solución definitiva
de los problemas mundiales perfectamente controlados, ya que no habrá
más otros nuevos (Mat. 25:31-32; 1 Juan 5:18).
4. Se comenzará la Era del País Eterno. Inauguraremos
la nueva historia con la Nación supranacional que edificaremos sobre el
fundamento de los Apóstoles y durará para siempre. Será siempre la
misma, no existirá distancia ni extensión, el siempre Hoy. Por eso,
nada de esta Patria Celestial cesará, así como siempre hay siembra y
cosecha, frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche. La
larga marcha emprendida por todos los pueblos del mundo desde el
comienzo del tiempo precursor culminará con nuestra entronización, y de
aquí se comenzará la era en que el pueblo estará siempre a la cabeza y
las autoridades pastorales y civiles sometidas. Seremos el nuevo
soberano de la Ciudad del Vaticano, y tendremos la plena jurisdicción
sobre todas las instituciones globales, como nuestra Iglesia, sin
mancha y perfecta. Desde el trono de San Pedro conservaremos la unidad
y la estabilidad de nuestro reino en libertad, justicia y fraternidad.
Nuestra Casa y nuestro trono serán estables para siempre.
De
acuerdo al Concilio Vaticano II habrá una sucesión perpetua en el
trono. En la Santa Sede, donde estará ubicado el gobierno central, que
supervisará para que se mantenga todo lo conquistado, lo logrado, como
la unidad política, económica, social, lo mismo la unidad de los
Apóstoles y las Naciones Unidas, para que jamás se rompan por los
siglos de los siglos. (Efe. 4:3,4).
Nuestra
Iglesia estará establecida
sobre el cimiento de los Apóstoles, por lo tanto los Obispos regresarán
a sus respectivas diócesis para comenzar a presidir, mientras que el
papel de las autoridades será regular los bienes de la sociedad humana.
Los Obispos como autoridades superiores tendrán la misión de que nadie
de la humanidad le falte techo, abrigo, alimento. Ellos se encargarán
de que todos los mandatos universales de las Naciones Unidas se
cumplan, que las autoridades civiles de sus respectivas jurisdicciones
continúen dando adecuadamente a todos los ciudadanos que necesitan, que
estén bien alimentados, evitando que nadie pase hambre ni un día, y que
todos puedan participar en el progreso económico y social de ese futuro
País Universal, o la nueva Iglesia Católica bajo la Ley del Amor. Se
comenzará la era de la tierra prometida donde todos los que ansian
justicia verán colmada su aspiración (Ëxo.3:17; Deu. 8:7-9). El largo
caminar habrá terminado, tranformando el desierto en paraíso (Isa.
35:6-10; 41:18,19; 43:18-20. Este será el mundo nuevo que está para
nacer.
Sentarnos
en ese trono para edificar nuestra iglesia sobre el fundamento de los
Apóstoles, será el inicio de la Iglesia eterna, porque todos los
problemas mundiales estarán siempre bajo control, por todas las
generaciones, siempre en vida y en abundancia. Desde entonces ya no
existirán más misterios, porque serán cosas del pasado, los libros
sagrados pasarán a la historia. La Humanidad siempre recordará esta
experiencia salvífica de la historia “De generación en generación se
celebran tus obras, se cuentan tus proezas” (Sal. 145:4).
¡Mire! todos
los reinos del pasado dominaron un tiempo, como los dinosaurios
tuvieron supremacía sobre la tierra por 150 millones de años. Sin
embargo, esta Nación futura tendrá su dominio para siempre jamás, que
no tendrá fin (Dan. 2:44). Esta será la futura Iglesia Católica que
permanecerá para siempre tal cuál será, para no ser reemplazada por
ninguna otra.
5. A la Conquista del Universo Desde el
comienzo de nuestra muerte se habrá perfeccionado definitivamente el
buen conocimiento del Cosmos, para entonces los hombres tendrán todas
las condiciones necesarias, para establecerse fuera de la atmósfera
terrestre, contando con satélites artificiales, y naves espaciales
tripuladas y reutilizables, y no tripuladas, máquinas perfectamente
ajustadas a las leyes de la astronomía. Seguridad en los vuelos,
atracar o acoplar naves, reabastecimiento, paseo o caminata espacial,
reparaciones de satélites y naves, establecer estaciones espaciales.
Elaborar mapas, analizar y medir el tiempo, extraer muestras de la
superficie de los cuerpos celestes. Poner pie y establecerse en forma
permanente en los objetos celestes lejanos. Todos llegarán a ser
perfectos al ser liberados de sus problemas pendientes.
Mi
Iglesia estará creada, que a partir de ese día sentado en mi trono
anunciaré el término
de la conquista de tierras y pueblos (Apo. 21:1-5; Isa. 65:17), y dar
inicio a la era de la
conquista de las estrellas. Las estrellas en los cielos serán nuestra
nueva conquista. El hombre ya no será terrenal sino celestial, empezar
a mirar a lo alto, a las estrellas de los cielos (Job 22:12). Hay un
Universo que conquistar, con las áreas de la
astronomía y la astronáutica, listas y preparadas para dominar y poblar
cientos de miles de millones de galaxias, en cada una de ellas hay unos
cien mil millones de estrellas. ¿Será posible eso? Sí, porque el Hombre
entronizado vivirá para siempre (Sal. 45:6), todo lo que haya en los
cielos será
para dejar a su disposición. Si el hombre viejo ha sido destinado para
vencer y dominar la tierra, lo mismo el nuevo lo hará en el cosmos,
dominarlo. El pueblo como Jefe empezará a llamar a todas las naciones
para participar esa tarea futura, colonizar y dominar el cosmos para el
crecimiento eterno de mi reino.
Como no se hallará nada nuevo en
el Universo, sino que se hallará siempre las mismas cosas ya conocidas
actualmente. La materia, energía, tiempo y espacio, será todo lo que
hay, no habrá nada nuevo que descubrir en el firmamento, solo habrá que
adaptar sus inventos para superar distintos obstáculos, dificultades
cósmicas y poder colonizarlo. En esta nueva conquista, la ciencia, la
tecnología y todos los demás conocimientos siempre serán los mismos,
que no tendrán ni pasado ni futuro, serán siempre hoy, pero si serán
mejorados, ampliados para superar las dificultades más grandes en sus
conquistas interplanetarias e intergalácticas. El universo es tan
infinito que la conquista en sí parece no tener fin.
Desde el
inicio del tiempo precursor que comenzará mi predicación pública, no
habrá más hallazgos o descubrimientos desconocidos, dando a entender
que no se hallarán otras nuevas humanidades lo que comprobará que no
existen tales cosas en el universo. En definitiva, el vasto universo se
formó solamente para el Hombre, su meta, su fruto, y de ahí llevarlo
para su crecimiento eterno. Quedará demostrado que el Hombre es único
en el universo, lo que significará espiritualmente, la tierra es el
centro del universo, como enseñó la Iglesia medieval.
Será una
historia eterna de crecimiento del Cuerpo de Cristo. Como no se hallará
nada nuevo en el Universo al comienzo de mi predicación pública y
precursora, se hallará siempre las mismas cosas ya conocidas
actualmente, eso significa que el Hombre siempre será el mismo, porque
mantendrá la misma cantidad de áreas del conocimiento humano. Por eso,
al final de este largo camino, cuando nos sentemos en nuestro trono
llevaremos consigo todas las partes de la Sociedad al espacio,
autoridades eclesiásticas y civiles, médicos, ingenieros, profesores,
todas las demás profesiones y oficios. Es decir, todo nuestro Cuerpo
social seguirá creciendo por igual, sin cambios ni sucesión, tenderán a
avanzar en un sentido que no se detendrán nunca, de terrestre, a
interplanetario, galáctico e intergaláctico.
El crecimiento de
esa futura Iglesia será constante, así como la planta crece y
desarrolla, que extiende sus ramas en todas direcciones. Esta forma de
crecer será inevitable, nada lo podrá parar. Según la ciencia, el
Universo siempre está en expansión, entonces, el progreso no tendrá fin.
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